Harry Potter y Las Reliquias de la Muerte, Parte II, es el final de una emotiva y legendaria saga que nos ha acompañado durante más de una década. Su conclusión ha estado a la altura de una historia que se cierra de modo completo y satisfactorio.
Aún con la emoción reciente de haberla visionado hace 2 días, escribo estas líneas a modo de reseña exenta de spoilers, ya que no desea estroparle la historia a nadie. Lo primero, aconsejar que vayáis a verla, merece la pena para aquellas personas que han seguido la historia en toda y cada una de sus películas. Una serie, una saga, de altibajos en cuanto a la ejecución parcial pero que se torna completa, llena, dejando un buen sabor de boca en su conjunto final.
Las buenas maneras mostradas en la primera parte en las que se dividió este último libro no defraudan en la segunda: ritmo, tensión, emoción, épica y una realización en casi todos sus puntos a la altura de la historia. Acompañado de una banda sonora excelsa, compuesta por Alexandre Desplat, nos deja una melodía principal que destila la nostalgia y el sentimiento de epílogo de esta obra colosal. Asimismo, la creación de espectaculares imágenes por parte del operador Eduardo Serra nos deja momentos maravillosos, sobre todo ese Hogwarts medio derruido tras la batalla al amanecer, o las catacumbas de Gringotts, con una oscuridad y profundidad muy realistas.
Esta segunda parte se centra en la eliminación de los horrorcruxes restantes y sobre todo en la épica batalla final que se librará en Hogwarts, asediado por las fuerzas malignas de Lord Voldemort, recordando a otras series épicas (me vienen a la cabeza “Matrix” y “El Señor de los Anillos”). Con la película de los Wachowski también guarda similitudes en la confrontación final entre Harry Potter y Lord Voldemort, precedida de una escena en el pensadero que nos desvelará la claves de toda la saga, poniendo en sentido muchas de las cosas vistas durante las 8 películas.
Curioso que el niño mago siempre ha aparecido desbordado por los acontecimientos, muchas veces protegido en el final de las aventuras emprendidas, pero en estas últimas 2 películas y sobre todo tras la revelación del pensadero, Harry Potter adopta a determinación necesaria y se le ve mucho más empaque, maduro, algo por otro lado comprensible, puesto que el desarrollo del personaje es al fin y al cabo una alegoría del crecimiento humano, desde la niñez hasta la etapa adulta.
Ese enfrentamiento final puede adolecer de falta de emoción en el desarrollo visual, pero la tensión es palpable, al mismo tiempo que incorpora la novedad de que parte de la acción principal se desarrolla en una escena paralela, algo que dota de ritmo y grandiosidad al conjunto. Harry Potter nunca ha estado solo, sus amigos y compañeros han jugado siempre un papel fundamental, y no iba a ser menos en la parte definitiva de la historia.
Repasando mentalmente esta década de fantasía y aventuras, recordando a un Harry Potter niño, comenzando un viaje iniciático en el aprendizaje de la magia, que hemos ido desgranando película a película, mientras todos crecían, maduraban, experimentaban y vivían grandiosas aventuras, solo me queda una triste sensación de melancolía y nostalgia, que siempre podremos rememorar una y otra vez, durante 8 fantásticas películas de entre las que destaco, como muchos otros por su calidad, “El prisionero de Azkaban”, dirigida por el personalísimo Alfonso Cuarón, que al mismo tiempo tiene para mí una profunda carga emocional, por el momento de mi vida en el que la ví.
En suma, un final de leyenda para una saga de leyenda. Muchos esperarían algo más de la batalla final, pero me ha parecido a todas luces que está a la altura de la saga, generando la tensión necesaria para este brillante final. Seguramente los libros serán mucho mejores, más profundos y llenos de matices, pero esta es una aventura que he seguido en audiovisual, no sé si me aventuraré a la lectura. En cualquier caso, Harry Potter ya ha entrado en el olimpo del cine de todos los tiempos, siendo con está última película el estreno más taquillero de la historia.

